Parece incurable, y ciertamente cualquiera lo diría al ver las imágenes del intento de «homenaje» a la colaboradora etarra Laura Riera. La ciudadanía catalana está enferma, por actos como el del ayer y por el silencio de la mayoría, y el de sus partidos políticos.
Los organizadores del homenaje no tienen razón. Podrán convencer a personas que no ha tenido contacto con la policía, con gente sencilla, pero los que tenemos mundo corrido sabemos que ante actos delictivos envueltos en banderas, sindicatos o demás zarandajas nunca torturan. Al morito, al de los barrios bajos o al gitanillo ya es otra cosa; pero a los de organizaciones «políticas» no. No porque al parecer treinta años no son suficientes para sacarnos de la cabeza que tuvimos una dictadura que sí torturaba por motivos políticos, y eso es una de las cosas que se cambiaron y bien al final de la transición.
Aun así, aunque fuera cierto lo de la tortura, rendir pleitesía a una tipeja que facilitó la matricula para que ETA asesinase al concejal de Viladecavalls Francisco Cano, es zafio y de una enfermedad mental horripilante.
Pero si en Cataluña están enfermos, más lo están los ciudadanos baleares que quieren traer la enfermedad catalana a casa. ¿Alguien con dos dedos de frente quiere ver en su calle el triste panorama del barrio de Gracia?
Por suerte, en las Islas tenemos una vacuna contra esto que se llama raciocinio y que va envuelto en las siglas UPyD.
En Cataluña la enfermedad está muy extendida, pero aun estamos a tiempo para una vacunación masiva.


